jueves, 4 de marzo de 2021

LA APARICIÓN


 Poco a poco el velatorio se fue llenando, hasta un viejo desafecto, soportando las miradas de reojo de los deudos y de los amigos fieles del difunto, hizo acto de presencia. Tampoco faltaron aquellos parientes que solo aparecen cuando ya es tarde, derramando más lágrimas que cualquiera, lágrimas de arrepentimiento que le dicen. Pero a eso de la medianoche, abriéndose paso entre el gentío acongojado, hizo su aparición la extraña figura de una mujer joven, desconocida para todos; vestida de la cabeza a los pies de negro y para completar el impacto perturbador que causó en todos, un fino velo del mismo color le cubría parcialmente el rostro de rasgos enigmáticos, pero, sobre todo, lo que más inquietaba era su mirada de hielo. 

   Unas viejas se santiguaron mientras otros, más apartados del cajón, se arrimaron a las sillas de madera enfiladas contra las paredes y le dieron disfrazados golpecitos con los nudillos de las manos por detrás de sus cuerpos. 

   Nadie se atrevió a preguntarle quién era, porque por dentro todos pensaban lo mismo: que era La Parca. ¿A quién será que vino a buscar ahora, la insaciable?, era la pregunta que todos, sin excepción, se hacían; y hasta el cura párroco entró en esa porque, quizás más aterrado con la idea de la muerte que el resto, parecía querer hacer trizas la pequeña cruz de madera que atenazaba entre las manos. 

   La extraña llegó junto al difunto, se inclinó sobre el rostro y empezó a murmurarle algo. La curiosidad, así como el temor, carcomió los sesos de los presentes, pero se tuvieron que quedar con las ganas y conformarse con el siseo que salía de sus labios y, deslizándose a través del aire como una brisa tenue, les rozaba las orejas. 

   El primero a retirarse fue el desafecto, y lo hizo a los empujones, sin pedir permiso ni perdón por el atropello, pues estaba seguro que el difunto, aún guardándole rencor, le alcahueteaba a La Parca la deuda pendiente de veintitantos años atrás. Algo parecido inquietó a los parientes que habían tenido el descaro de dar señales de vida en esa hora tan amarga, pues salieron en bandada detrás del desafecto sin siquiera dar un último pésame a la viuda. Entretanto, al cura párroco ganas de imitarlos no le faltó, pero el peso de su investidura eclesiástica se lo impidió, con lo que cerró los ojos y empezó a rezar.

   Minutos después la joven dejó de murmurar; apoyó una mano lívida en la frente del difunto y le besó una mejilla. Los ojos de los que no se atrevieron a irse, al ver la palidez de su piel y los dedos tan largos, se oscurecieron. Si algo faltaba para corroborar sus sospechas, la prueba estaba ahí, bien delante de sus narices; entonces, como ensayada hasta llegar a la perfección, una secuenciación de señales de la cruz dibujó cada pecho. Y justo cuando una prima del difunto empezó a revolear los ojos, en clara señal de que se iba a desmayar, la joven se incorporó y, tan silente como había llegado, se retiró. 

   De momento, el susto había pasado.

   La joven ya caminaba a algunos cuantos pasos fuera de la funeraria cuando la viuda, la única en no perder la compostura en ningún momento, la alcanzó. La desahuciada pensaba que si ella fuese realmente La Muerte, bueno sería que le hiciera el favor de llevarla justo en esa hora para así recorrer junto al marido los tenebrosos y oscuros caminos del más allá, tal se figuraba que fuesen los caminos del otro lado de la vida.

   Perdón, señorita, dijo, ¿me podría decir quién es usted?, pues no recuerdo haberla visto antes.

   La joven detuvo su andar, se dio vuelta y la examinó detenidamente por un instante, hasta que habló, respondiendo con otra pregunta: 

   ¿Recuerda usted a Bernarda? 

   La viuda frunció el ceño y empezó a buscar en su memoria el recuerdo de esa tal Bernarda, hasta que la encontró: 

   Sí, si mal no recuerdo fue una empleada nuestra por muy poco tiempo, hará de eso unos veinte años, más o menos. 

   Bien, yo soy la hija, respondió la joven, después le dio la espalda y se fue. 

   Por un momento la viuda se sintió confusa, hasta que lo comprendió todo.

Licencia Creative Commons
LA APARICIÓN por FRANCISCO A. BALDARENA se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.
Basada en una obra en https://creativecommons.org/choose/?lang=es#metadata.

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